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NOTAS VIEJAS

John Coplans, Self Portrait, Reclining Body, No 3, 2000

Hace año y medio que empezaron a aparecer estos apuntes y por razones obvias su envejecimiento no me aleja de sus preocupaciones.

En mayo de 2016 vi una exposición en el Whitney dedicada al retrato en el arte contemporáneo. De las piezas que vi, creo que las que más me impresionaron fueron dos autorretratos: El de Cindy Sherman posando como una señora arrugada, maquillada y elegante en dosis iguales, y la serie de John Coplans, cuyo trabajo no conocía, de fragmentos desnudos de su propio cuerpo sexagenario. Me imagino que son obvias mis inquietudes personales.

El día de mi visita al Whitney fue el estreno de la sexta temporada de Game of Thrones. La impactante secuencia final de un capítulo más bien aburrido mostraba a una sacerdotisa con oscuros poderes mágicos y sexuales (la interpreta una atractiva actriz de 39 años que se quita la ropa con frecuencia en el show) desnudarse una vez más, esta vez para revelar su verdadera edad. Al final de la escena la mujer se mostraba transformada en una anciana decrépita. El momento, como final de capítulo, era efectivo y las connotaciones para la historia (el truco confirma y amplía los poderes del personaje y sus posibles consecuencias) arrojaban un buen gancho. Pero además tenía la novedad, en un show que basa buena parte de su éxito en el desfile constante de bellos cuerpos desnudos, de ver aquel desnudo distinto, perturbador.

Junto a los autorretratos de Coplans había una leyenda que comentaba el hecho de que la vejez, a pesar de que es una experiencia humana compartida, es mucho menos visitada que la juventud en las artes visuales, sobre todo la vejez desnuda. Es interesante, sí. También es fácilmente comprensible. El arte suele interesarse en lo bello, y lo bello, muy a menudo, anuncia su presencia a través de lo apetecible. Un cuerpo joven desnudo es, en distintos niveles, deseable: lo deseamos “para nosotros” o “de nosotros”, sobre todo en la medida que la posibilidad de ser sencillamente nuestro propio cuerpo se nos escapa con el paso del tiempo.

Para los interesados en ver cómo se ve cuando se arregla, las imágenes son de fácil acceso en Internet.

No creo que los retratos de Sherman y de Coplans cambien esto, aunque lo reten y cuestionen. Creo que son interesantes porque son incómodos, porque conectan con una verdad profunda (esa experiencia humana compartida), y porque sí, son bellos, sin el recurso de lo apetecible.

Game of Thrones es un fenómeno global así que el desnudo en cuestión llenó Internet de comentarios de todas las esquinas. Con frecuencia los comentarios hacían su saludo a la bandera, con mayor o menor vehemencia, a los principios de nuestra cultura iluminada: ¿cuándo superaremos nuestro atávico pavor por la imagen del cuerpo desnudo de una anciana? Porque se supone que debemos superarlo. Porque eso es lo que le toca a la gente inteligente y culta de este tiempo en el que vivimos, que es un tiempo, si no de progreso, volcado hacia el progreso.

Y celebro que este sea un tiempo volcado hacia el progreso (lo digo en serio), aunque me cueste celebrar algunas de sus ingenuidades. Como por ejemplo, la de suponer que lo obligatorio es que toda imagen de la vejez desnuda deje de ser una imagen inquietante.

No es necesario que nos produzca pavor para que nos inquiete. La vejez desnuda, sobre todo cuando su presencia nos toma por sorpresa, puede tener la capacidad de recordarnos que somos irreversiblemente perecederos, irreversiblemente combustibles, progresiva e irreversiblemente sujetos al deterioro. Y hoy la mordacidad de ese recuerdo nos agrede más, no solo por nuestro enfermizo culto a la juventud, sino también porque en nuestro afán por no morir hemos prolongado la vejez a menudo prolongando sus horrores, de los que también queremos escapar pero no sabemos cómo. ¿No era esa era la tragedia de los inmortales que conoce Gulliver en el libro de Swift, que tenían vida eterna, pero era una eterna decrepitud?

¿En verdad queremos robarle a la vejez desnuda su mordida, su capacidad para dolernos? ¿Para protegernos de qué?

¿Y si más bien nos asomamos hacer las paces con ese dolor, si contemplamos la belleza que ese dolor hace posible, si salimos a saludar sus propias formas de conocimiento? (Sabemos que esas formas no son siempre las del anciano sabio, porque hasta el más sabio es candidato a la senilidad, pero justo allí, en ese límite, también, o sobre todo: contemplarnos).

Unos días después, la ópera. El rapto del serrallo. A la salida, un señor quizás nonagenario descansaba junto a una de las puertas de la sala, rodeado por tres o cuatro personas alarmadas que intentaban ayudarlo. Se había caído. Volvería a levantarse. O quizás no. Quizás ya no podría volver a la ópera. Sea cual sea el desenlace (es un decir, en realidad, el desenlace es uno solo y en su caso era más o menos inminente), aquel hombre fue para mi la imagen viva de quien insiste en salir en busca de la verdad que trasciende lo inmediato, en busca del placer, de la vida, a pesar de su fragilidad que se desmorona, a pesar del riesgo y el dolor físico que conlleva esa búsqueda. Sin negarnos a quienes compartimos la ciudad con él el espectáculo de su desmoronamiento. Sin escondernos y sin esconderse de la desnudez de su caída. En la víspera de un día que reservamos para dar gracias, brindo por él, agradezco su ofrenda de belleza.