La fauna — El rabipelado

La fauna. Nuestra fauna. El doctor Pedro Trebbau en los vibrantes colores de una pantalla Trinitron sosteniendo una sibilante tragavenado por la cola. El vuelo de las garzas sobre el llano en la voz Félix Rodríguez de la Fuente. Un afiche de Corpoturismo invitando a querer al país en una oficina de alquiler de vehículos. Nuestra fauna, la de entonces, la que se anunciaba en helvética con una neutralidad que hacía honor al nombre de la fuente tipográfica. Cunaguaros, capuchinos, dantas y guácharos. La fauna del Parque del Este. Morena —una harpía apenas tres años menor que yo, muerta en cautiverio en 2014—, el rey zamuro, las siempre joviales nutrias y los caimanes. Nuestra fauna de papel lustrillo, la fauna de GeoMundo a la que se le han borrado los colores en las paredes grises de una agencia de viajes abandonada.

De esa fauna no voy a hablar. Para esa fauna está youtube, David Attenborough, Nat Geo. Para esa pobre fauna, un abanico de biodiversidad que se despliega con abanicos en cada una de sus varillas en una infinita sucesión fractal, está el plan de la puta patria (nótese el efecto de la t, el martillo del alfabeto según la definición de Gómez de la Serna) y sus toneladas de cianuro y mercurio y mierda. Nuestra fauna, al fin y al cabo, ya no es nuestra. A duras penas es, y para que siga siendo —aunque sea en los jardines de la mente, como dirían, cosa curiosa, tanto Mr. Rogers como Charly García— tengo que singularizar esa primera persona. Nuestra fauna es entonces mi fauna. Porque, ¿quiénes somos los del posesivo en plural? ¿Los que le quitamos el martillo del alfabeto a las charreteras de poliéster que nos atapuzaban la boca? ¿Los que gastamos cientos de horas de nuestra desdichada adolescencia viendo programas de zoología en el canal cinco? ¿El nihilista, el daltónico, el lector inexistente y el vulnerable que se caen a patadas dentro de mi cráneo al comienzo de cada oración? ¿Los que dejamos de escuchar Sentimiento Muerto cuando se fue Édgar Jiménez? ¿Los que tenemos casi dos décadas viendo en la distancia el desmoronamiento del país donde crecimos y nos sorprendemos a diario de cuánto más puede desmoronarse? ¿Qué diablos es lo que determina ese determinante? ¿Qué poseemos, en fin, usted y yo en conjunto?

Un posesivo en primera persona del plural es un compromiso muy jodido. Tanto para mí como para usted. Así que mejor mi fauna, que con alguna suerte tal vez sea también la suya. Esa primera persona del singular será el único criterio de selección para esta serie de textos que pienso englobar bajo el ambicioso título que sugiero al inicio del primer párrafo. La fauna, en ese contexto, no es más que mi pedazo del reino: el que me he ganado en justa lid con la realidad y la experiencia. Así que sin más preámbulos comencemos por…

 

…el rabipelado.

 

Bajo los criterios de selección expuestos, sería injusto empezar con cualquier otro animal; el afecto, al igual que un posesivo, es también un determinante. Ante los ojos del público general, el rabipelado puede oscilar entre la curiosidad silvestre —a aquellos que pongan en duda su exotismo les recuerdo que los rabipelados, como todos los marsupiales, tienen el pene y la vagina bifurcados— y la plaga urbana —¿quién no ha escuchado la comparación entre una rata y un rabipelado?—, y es quizá de esta doble reputación de donde nace el cariño que despierta en mí su sigilosa figura. Mi vida entera, además, con la excepción de esos veranos que he pasado en Europa y que en su totalidad sumarán, si acaso, un año, la he vivido en ciudades inmersas en la que ha sido la enorme área de distribución natural de estos entrañables omnívoros, probablemente desde mucho antes de que a nuestros tatarabuelos se les ocurriera cruzar el puente de hielo hasta la actual Alaska.

Al igual que le debe haber sucedido a muchos venezolanos de mi edad, mi primer encuentro con el marsupial americano tuvo lugar en las páginas de El rabipelado burlado, una adaptación para niños de un relato pemón sobre un rabipelado que, después de pasar una noche hambriento, enfrentando desengaños y recibiendo golpes por responder a sus instintos carnívoros, descubre su pasión por las frutas y las verduras. ¿Cómo no simpatizar con un depredador apaleado que se descubre omnívoro para poder sobrevivir los designios de una naturaleza cruel que lo castiga cada vez que obedece al impulso de sus colmillos?

Poco tiempo ha de haber transcurrido entre ese primer encuentro literario y mi primer encuentro empírico con un rabipelado, que sucedió en Villa Loyola, la zona del San Ignacio donde estaban las aulas de primaria, administrada por las monjas y aislada del resto del colegio por un portón de hierro pintado de verde. Yo estaba en primer grado. En el patio, no muy lejos de la redoma donde estaban la estatua de la virgen y el asta de la bandera, otro niño de mi grado que no estaba en mi sección arrastraba a un rabipelado por la cola. Nunca he podido ver sufrir a un animal, así que traté de evitarlo. Está muerto, López, me explicó el chamo. Incrédulo me acerqué con cautela y vi que sí, que estaba muerto e incluso medio podrido. Justo cuando fui a buscar un palo para cerciorarme, apareció la encargada de la limpieza gritándonos en gallego y nos dispersamos como ardillas. Aquella mujer de pelo rojo y piernas varicosas tenía un genio temible y nuestra incapacidad para entender lo que decía no hacía más que enardecerlo. Desde una distancia que consideré prudente, me detuve para verla agacharse, agarrar el rabipelado por la cola y tirarlo en el pipote de basura lleno de hojas que llevaba en su carrito de mantenimiento.

No pude evitar pasar esas dos primeras horas de clase pensando en el pobre rabipelado. Es verdad que lo que yo había visto se parecía más a una rata gigante que al animalito del libro, pero como cualquier otro niño de primer grado yo ya sabía que en los libros los animalitos están idealizados, incluso en los libros de ciencias y de sociales. Ya a esa edad uno había visto vacas en la carretera que no se parecían a las vacas de los libros, y las granjas de esos mismos libros —graneros rojos, listados blancos— no tenían nada que ver con las haciendas que uno había visto, por ejemplo, en Lara. Eso que acabo de describir, valga la aclaratoria, fue mi primera desilusión importante con la realidad y sus representaciones, pero este no es el momento ni el espacio para explorarla. Lo que quiero decir, en todo caso, es que entendía perfectamente que aquella criatura vencida y arrastrada por la cola, a pesar de su desaliño y su rabo desnudo, era una criatura del bosque, como una pereza o una ardilla, y no un bicho de cañería al que se tira en la basura.

Cuando sonó el timbre me dejé llevar por la corriente eufórica que se desbordaba hacia el recreo y por un momento olvidé al pobre rabipelado muerto. Ya llegando al final del pasillo, donde estaban las escaleras que subían a la aulas de segundo grado, distinguí el carrito de mantenimiento, con el rastrillo y la escoba erguidos como picas junto al cilindro azul de metal con su bolsa negra ajustada al borde. Frené en seco y me quedé mirando la boca negra del pipote. Al fondo debía estar el cadáver del rabipelado. Cuando ya casi no quedaba nadie en el pasillo me atreví a acercarme para mirar adentro. Con mucha cautela me paré en la punta de los pies, y aunque el olor del animal en descomposición me golpeó las fosas nasales solo conseguí ver hojas mezcladas con basura, así que me subí a la rueda del carrito para ver si lograba ver hasta al fondo. Justo cuando creí distinguir un lomo peludo las hojas giraron con un siseo endemoniado y el rabipelado asomó la boca abierta dispuesto a defenderse con todo. Yo corrí sin parar hasta que encontré al primer chamo conocido y le conté lo que me había pasado. Me di cuenta de mi error en cuanto el chamo se puso a organizar una partida de observación. Me hice el loco y dejé que los acontecimientos siguieran su curso. Mi esperanza era que la señora de la limpieza se llevara la basura de una vez a donde sea que la llevasen. No tenía la menor duda de que el rabipelado encontraría la forma de salir de allí.

La estrategia defensiva del rabipelado me había conmovido profundamente. El marsupial acorralado y acosado había apelado a su último recurso: fingir la muerte hasta las últimas consecuencias, aunque sintiera que le arrancan la espina dorsal mientras lo arrastraban de la cola por el asfalto. Fake it fake it until you make it, es lo que se me ocurre a mí pensar ahora. Recientemente me enteré de que el mecanismo de defensa es completamente involuntario e incluye la rigidez de los músculos y la secreción de un líquido que despide un olor a podrido (gracias Wikipedia); el engaño como acto reflejo y defensa infalible. Quiero pensar que aquel pobre rabipelado de Villa Loyola logró salir de aquel apuro mortal para volver a comer los mangos fabulosos de las matas del fondo que proyectaban su sombra sobre el muro que separaba los terrenos del colegio del barrio de El Pedregal.

Luego hubo otros encuentros, pero ninguno fue tan memorable como aquel del colegio.

Cuando me fui de Venezuela, pensé que el rabipelado pertenecía de manera exclusiva a esa realidad de la que se despegaban las ruedas el avión. Pronto descubrí que no era así. No recuerdo exactamente cómo me enteré de que en varias de las ediciones de Joy of Cooking, el clásico fundamental de la literatura culinaria estadounidense, escrito por Irma S. Rombauer y editado por primera vez en la década de los treinta, había una receta para preparar rabipelado asado. Puede ser que me lo haya contado el gerente de una tienda de discos en Cambridge, donde trabajé poco más de un año. El dato, que no verifiqué en ese momento, me sorprendió gratamente: un animal que se incluye en un libro de recetas tampoco es un animal de cañería que se tira a la basura. La receta, al menos en las ediciones de 1962 y 1975, para aquellos lectores curiosos y desconfiados, que son los mejores, está empotrada entre la receta para preparar ardilla, un gráfico que explica cómo desollar esas ardillas y una receta para preparar puercoespín. Está claro que doña Irma sabía su lugar en la cadena alimenticia, y que la cosa quede entre omnívoros, que en la variedad está el gusto.

Sin embargo durante todos estos años viviendo en el norte no había tenido nunca la suerte de ver un rabipelado, hasta que hace dos años, una noche fría de primavera, camino a la bodega de la esquina, me encontré con la sorpresa de un lomo peludo y desaliñado que se desplazaba entre las raíces de un roble en mitad de la acera en penumbras. El rabo lampiño e involuntariamente lascivo —lo último en desaparecer de vista al escurrirse entre los pipotes de basura— confirmó mis sospechas. Casi cuarenta años después me volvía a encontrar con el rabipelado a menos de media cuadra de mi casa, en pleno Brooklyn, muy lejos del ecuador y con Manhattan a la vista. El rabipelado se escabulló rápidamente al percatarse de mi presencia, y yo seguí mi camino a la bodega sorprendido con el encuentro. Días después, lo volvimos a ver, mi esposa y yo, desde la ventana de la cocina. Se paseaba tranquilo por el patio buscando un bocado de alguna cosa; su carita blanca reflejaba la luna llena en lo alto del cielo.

Antes de cerrar esta primera entrada de mi bestiario biográfico, he de narrar una última anécdota en la que el rabipelado tiene un papel protagónico. Esta historia no la encontrarán en las hemerotecas de Nueva York, aunque es posible que me equivoque y alguien más la haya registrado en alguna de las muchas publicaciones virtuales comunitarias que rastrean los acontecimientos de este rincón sobrevalorado de Brooklyn. Historias como esas fluyen con vida propia y hasta hacen repicar campanas donde todavía hay campanas, pero en ciudades como estas ya no aparecen en los periódicos. Supongo que el reporte nació en los labios de la puertorriqueña que cuida el cruce peatonal más cercano al lugar donde ocurrió el suceso, y ella se lo debió haber contado al paco que pone las multas los días de limpieza. De allí debe haber pasado a las orejas del paquistaní de la bodega —la misma de la esquina, cerca de donde vi al rabipelado—, y de allí debe haberse escurrido hasta la lavandería, donde engordó, se multiplicó y voló a cada rincón del barrio. A mí me llegó de los labios de un baterista en la barra del Troost, el más cercano de los bares a los que voy cuando quiero beber solo pero acompañado.

Nunca pregunté por el nombre del protagonista humano de la noticia, pero supe quien era por la descripción. Nunca lo vi limpio ni sobrio. Recuerdo sus ojos azul hielo y sus manos inflamadas. Debajo de la roña y la demencia aún quedaban vestigios de una belleza que el destino le había arrebatado demasiado temprano. Esa noche llegó tarde y borracho al albergue, que queda a unas pocas cuadras de mi casa. En los albergues está prohibido el alcohol, y la mayoría son son muy estrictos en la observación de esta regla, así que ni siquiera trató de registrarse. Durante el día había brillado un sol tibio y amable, pero la temperatura se había precipitado desde el crepúsculo. Por fortuna, el andamio recién levantado, en la obra que acababan de empezar en la esquina de Eagle con Manhattan, ofrecía un pequeño refugio. Ya había estado allí esa mañana, cabeceando en uno de los nichos de madera por los que pasaba el tronco de un roble. También había dejado dos cobijas gruesas que si la suerte no lo había abandonado del todo aún estarían allí.

La suerte no lo había abandonado del todo, pero sí le tenía reservada una última jugarreta: ovillado entre las dos cobijas que, ciertamente, ahí estaban, entre la plancha de madera del andamio y el tronco del árbol, había un rabipelado que se levantó pelando los dientes con las mandíbulas muy abiertas al sentir la mano del hombre en el costado. Quizá el hombre —que debe haberse llevado un susto de terror— supo que se trataba de un rabipelado y provocó la reacción defensiva del animal con la intención de poder recuperar tanto las cobijas como el refugio, pero lo más posible es que lo haya hecho accidentalmente. El hecho es que el rabipelado debe haber entrado en ese estado semi catatónico. De otra manera no puedo explicarme cómo fue a parar a los brazos del hombre. Supongo que en aquella noche fría, en quién sabe qué estado de conciencia, sintió lástima por el pobre animal desfallecido. Quizá pensó que entre los dos generarían un poco más de calor debajo de las dos cobijas o, tal vez, al igual que el rabipelado, actuó sin que la conciencia mediara de ninguna forma.

Uno de los carpinteros de la obra los encontró poco después de las cinco de la madrugada. En cuanto se acercó, el rabipelado saltó de los brazos del hombre y huyó por la orillita hasta desaparecer en el recodo. Al hombre lo declararon muerto en el sitio minutos más tarde. La hipotermia, explicaron los paramédicos, le produjo el paro cardíaco.

No he vuelto a ver al rabipelado desde entonces. Considerando lo involuntario de la reacción, creo que es justo decir que aquella noche murieron los dos, aunque solo uno resucitase en la madrugada. Quién sabe cuántas veces más habrá muerto el rabipelado. Lo más probable es que no lo sepa ni él mismo.

***

Hasta aquí llegamos entonces en esta primera entrega. Me despido hasta la próxima, cuando hablaremos de aritos de cereales de colores psicodélicos y  stouts de cremosa espuma…  ¿Ya lo adivinaron?