A Béatrice Dalle

Te amé desde el principio,
cuando te vi desnuda,
debajo de aquel escritor
que yo quería ser.

Tuerta te amé
y lobotomizada también.

Quizá por mi falta
de temple moral
yo hubiese cedido
al primer espasmo
de tu carne agonizante.

Pero, aún así, muerta,
también te amé,

mientras el escritor
que yo quería ser,
tu Redentor,

revisaba su primera galerada.

Ciega te amé,
envuelta en tabaco, inmune al color,
cuidando con celo el ángulo de tu escote
en la desolación de aquella cinta.

Todo en ti amé:
        la brecha entre los incisivos,
        la carne blanca de tus muslos,
        la pincelada negra.

Años más tarde volví a ver
lo que tu cuerpo le hacía a la luz:
ya tenía treinta y cuatro años
cuando el Rapto de Proserpina
me dejó stendhalizado.

Hoy la brecha se ha ampliado
y la piel cede.

Quizá ya no muera de celos
al verte debajo del escritor
que todavía quiero ser,

pero es porque ya no soy un adolescente;
porque mal que bien he madurado,
he aprendido a compartir,

a no tener.

Si ciega y tuerta te amé,
¿cómo dejar de quererte ahora
que somos viejos los tres?