La campanas del huerto

Muros de piedra que se transforman en una cascada de sabuesos feroces, seres ultramundanos que surgen del asfalto como fuentes de brea humeante, árboles de largos colmillos y cintura estrecha, víctimas obedientes que le entregan las llaves del carro a sus captores y se entregan mansamente a sus designios, adolescentes que desfallecen en la pista de baile con espuma en la boca. Detrás de cada una de estas imágenes cuelga una flor como esta.

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Una flor, cualquier flor, es una invitación. Según los diccionarios etimológicos que encuentro en línea, invitación, voluptuosidad y voluntad comparten una misma raíz de origen indoeuropeo, la misma raíz que ancla al arbusto mágico en la memoria colectiva. Lo cierto es que el perfume viscoso de estas campanas carnosas empapa jardines enteros, y a su invitación responden abejorros, mariposas y, sobre todo, varias especies de polillas que despiertan al ocaso para chupar su nectar y facilitar la polinización.

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¿Quién toca las campanas, preguntaría Thomas Mann? Desde luego el viento, pero también el relato.

Para los humanos —con nuestro rimbombante título de conciencia del universo, pensamiento de la naturaleza— el repicar silencioso y descarado de estas vulvas perfumadas es sobretodo una advertencia. Las campanas anuncian un relato, a veces doblan como heraldos del júbilo, pero también repican advirtiendo el peligro, y siempre señalan un punto de encuentro —como los árboles— entre dos dimensiones: cielo y tierra, sea cual sea la interpretación que se le dé a esta dicotomía.

Los relatos detrás de la campanita están sembrados de horrores: con suerte son un paseo terrorífico por los pasillos de la locura o un atisbo traumático a la muerte, sin ella, un viaje a la locura o la muerte sin pasaje de vuelta. Pero como sucede con tantas plantas sagradas, sus aplicaciones medicinales son variadas e importantísimas. La información está ahí: no hace falta que transcriba lo que cualquier interesado puede encontrar en Wikipedia. ¿Alguna vez tomaste una pastilla contra el mareo? Detrás de su ingrediente activo también florece un arbusto de campanitas.

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Los cuentos, como las plantas, florecían por doquier en Caracas. Sin embargo, no fue sino hasta visitar esta casa en Asturias, hace ya más de ocho años, en las montañas del concejo de Pravia, que vi una de estas plantas de carne y leña. En las noches despejadas de luna llena sus flores parecían de plata y su aroma arropaba a toda la aldea. En noches como esa, yo encontraba en su olor embriagante la causa de los aullidos y los ladridos de los perros. Pero ni siquiera la luna era culpable: los jabalíes, los melandros y las raposas que yo no podía oler eran la causa del revuelo.

Lo que más me impresiona de esta planta es su tasa de reproducción. Pura pornografía vegetal. Orgía de pétalos y alas. La flores nacen, crecen y se marchitan a un ritmo perceptible. Los pistilos marchitos cuelgan como penes flácidos de los pedúnculos junto a retoños que apenas asoman sus pétalos. Una alfombra de pétalos podridos se extiende a los pies del arbusto, aunque quizá debería decir arbolito: este de las fotos tiene casi tres metros de altura. Y, quién lo duda, es el rey de este huerto. No del huerto contiguo, donde crece un tejo centenario. Pero de ese rey hablaremos otro día.

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